Cuando llegamos al campito, el estado era de abandono total. Llevaba muchos años sin trabajarse y eso se notaba en cada rincón. En el vídeo se ve bastante bien: había zonas completamente impenetrables, caminos por los que no se podía pasar y una cantidad de maleza y zarzas que hacía imposible caminar con normalidad.
De hecho, al principio ni siquiera podíamos valorar bien el estado real de los árboles. No sabíamos cuántos seguían vivos, cuántos estaban perdidos o si lo que veíamos era simplemente maleza creciendo sobre un campo ya muerto. Comprar así tuvo algo de acto de fe.
También fue una decisión importante no entrar directamente con maquinaria pesada. Lo fácil habría sido meter una retroexcavadora, arrancar árboles y empezar desde cero. Pero decidimos hacerlo a mano, poco a poco, aunque al principio no pudiéramos ver con claridad qué merecía la pena conservar.
Los primeros días fueron bastante diferentes a lo que son ahora. Todavía no había grandes avances ni proyectos en marcha. Apenas una azada, una desbrozadora, unas sillas rescatadas de la calle, la bicicleta apoyada en cualquier rincón y el perro recorriendo un terreno que para nosotros todavía era casi desconocido.
En realidad, durante bastante tiempo solo pudimos utilizar una pequeña zona junto al algarrobo. El resto del campo era prácticamente inaccesible. Allí nos sentábamos, observábamos y empezábamos a imaginar qué podría llegar a ser todo aquello.








Mirando estas fotografías ahora resulta fácil ver algo que entonces no era tan evidente. Antes de empezar a transformar el campo, pasamos mucho tiempo simplemente conociéndolo.
Una de las cosas que valoramos mucho al comprar el campo fue encontrar un depósito de agua. Desde el principio lo vimos como algo positivo, porque podía ayudarnos a aprovechar mejor el agua en un futuro huerto y en algunos usos puntuales del día a día. En un terreno así, cualquier elemento que permita gestionar mejor el agua tiene mucho valor.

Pero la realidad de los primeros días era bastante básica. No podíamos acceder a la parte de abajo del campo y solo teníamos un pequeño espacio donde sentarnos y pasar el rato: la zona del algarrobo. Ni siquiera estaba podado todavía; eso llegaría meses después.

Allí fuimos haciendo un pequeño hueco. Encontramos unas sillas de madera en la calle y las llevamos al campo. Vistas ahora, esas primeras sillas tienen algo especial. Era como si estuviéramos montando una casa de cuento, pero en versión campito: un hueco mínimo entre la maleza, un sitio donde sentarse y la sensación de que aquello, con tiempo, podía empezar a ser nuestro lugar.

Septiembre fue el inicio real de todo esto. No empezó con grandes obras ni con un plan perfectamente definido. Empezó con un campo deteriorado, casi cerrado sobre sí mismo, y con la decisión de entrar despacio, mirar bien y no dar por perdido lo que todavía no habíamos podido conocer.
Ese fue el primer paso.

Deja un comentario