A comienzos de septiembre de 2025 cerrábamos el verano con Jara con una idea cada vez más clara: necesitábamos buscar un lugar conectado con la tierra. Era algo que ya no podíamos seguir postergando muchos meses más.

Teníamos algunos requisitos bastante definidos. Queríamos que estuviera relativamente cerca de casa, en un entorno lo más natural posible, con acceso al agua y con el espacio suficiente para poder desarrollar aquello que realmente deseábamos: pasar tiempo en contacto con la tierra, sin prisas y con sentido.

Por esas fechas visitamos una parcela que llevaba un tiempo a la venta en una plataforma inmobiliaria. Estaba en el pueblo vecino y reunía muchas de las condiciones que buscábamos. Sin embargo, casi al mismo tiempo —como cuando las cosas llaman a la puerta o como si el destino conspirara para que así fuera— dimos con un campo a las afueras del pueblo en el que vivimos.
Tengo que confesar que, en la primera visita, el lugar me resultó casi impenetrable. La cantidad de vegetación, el abandono, la sensación de caos… me costaba mucho imaginar un proyecto ahí. Pero algo cambió en la segunda visita. De repente lo vimos claro.
El campo tenía el agua de la acequia principal justo en la puerta, y aquella vegetación que al principio parecía imposible de manejar empezó a revelarse como el verdadero punto de partida. No como un problema, sino como una base desde la que replantear cómo queríamos hacer las cosas, poco a poco, con respeto y paciencia.

Desde entonces —y todavía a 25 de enero de 2026, sin la firma de compra en la mano— estamos tomando muchísimas decisiones. Decisiones pequeñas, pero importantes. Decisiones que, sin darnos cuenta, están marcando el rumbo de lo que queremos construir allí.
El panorama ha cambiado mucho. Estamos trabajando un montón. Hay cansancio, dudas y momentos de incertidumbre. Pero cada paso, cada idea y cada hora invertida nos devuelve algo muy valioso: más y más sonrisas.
En este post me apetecía dejar constancia de esa sensación tan particular que acompaña al inicio de cualquier proyecto grande. Esa mezcla de reflexión y de intuición. Porque, al menos desde mi experiencia, empezar algo de esta magnitud siempre tiene un poco de pensar… y mucho de sentir si conectas con “eso” o no.
Conectar.
Cada vez me gusta más esa palabra.

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